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7 de març 2014

La Declaración de "La Pedrera"

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Barcelona, 28 de febrero de 2014
El 23 de febrero la Comisaria de Justicia, Derechos Humanos y Ciudadanía y Vicepresidenta de la Comisión Europea, señora Viviane Reding, tuvo la amabilidad de visitar Barcelona, para exponer, de primera mano, algunas de las líneas prioritarias y de las principales preocupaciones de la Unión Europea, en un momento especialmente delicado de su historia.
En este documento deseamos hacer algunas precisiones para su reflexión y la de la ciudadanía en general, reflexiones suscitadas por varias intervenciones del público durante el debate.

1. La voluntad de diálogo de los catalanes
  • Los catalanes somos, desde la edad media, lo que más tarde Napoleón llamaría, refiriéndose a los ingleses, "une nation de boutiquiers". Siempre hemos estado dispuestos a sentarnos, a negociar, a pactar, lejos de posiciones maximalistas. Los últimos decenios se han caracterizado justamente por la política conocida como del «peix al cove» (algo así como «más vale pájaro en mano…»), es decir, la voluntad de ir consiguiendo cosas concretas de un proyecto global. Pero para pactar se requiere la voluntad de ambas partes.
  • En lo que respecta a nuestro futuro, los Parlamentos de Cataluña y España han evidenciado posiciones totalmente opuestas. En las Cortes españolas, el 26 de febrero de 2013, una moción instando al Gobierno español «a iniciar un diálogo con el Govern de la Generalitat en aras a posibilitar la celebración de una consulta a los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña para decidir su futuro», recibe (dejando aparte los votos de los diputados catalanes) el voto contrario por parte de 274 de los 303 diputados: el 90%. El 27 de febrero de 2014, de nuevo, una moción en sentido similar fue rechazada por 187 votos en contra, 43 votos a favor y 103 abstenciones (del PSOE).
  • En sentido más constructivo, el 13 de marzo de 2013 el Parlament de Cataluña votó a favor de una moción idéntica, con 104 votos de un total de 135 escaños.
  • La respuesta española a las aspiraciones políticas de la mayoría del país no ha sido solo de rechazo. Su falta de voluntad de diálogo se pone de manifiesto en la negativa a reducir la salida neta de fondos públicos de Cataluña, que se produce a un ritmo anual equivalente a un 8% de su PIB. Este hecho, que se ha mantenido durante decenios, menoscaba de forma persistente y acumulativa la competitividad y el crecimiento de las empresas implantadas en Cataluña, y explica la caída de posiciones en el ranking de comunidades autónomas, en lo relativo a la renta per cápita. Asimismo, Cataluña adolece de una grave falta de infraestructuras modernas (dos ejemplos de ello son los retrasos en la construcción del corredor ferroviario mediterráneo y de la principal autovía de conexión con Francia).
  • También es evidente la ofensiva legislativa, jurídica y política contra la lengua catalana, en todos los frentes y en todos los territorios, que ha culminado en una ley orgánica de educación impuesta en contra de la opinión de todo el resto del arco parlamentario, así como de los sectores directamente implicados. Todo ello solo puede tener una lectura: la obcecada negativa a dialogar.
  • Esta ofensiva también se manifiesta actualmente en iniciativas legislativas estatales para reducir las competencias llamadas autonómicas, en campos tan variados como la administración local, el comercio, las telecomunicaciones, incluso para proteger las corridas de toros (prohibidas por una ley del Parlament de Cataluña).
  • Y también se manifiesta en el gran despliegue de recursos interpuestos por el Estado ante el Tribunal Constitucional en contra de la legislación catalana, en muchas materias, entre ellas algunas tan cruciales como la educación y la inmigración.

2. La inversión de energía
  • Los catalanes hemos dedicado enormes dosis de energía, con laboriosos consensos políticos y promesas incumplidas por parte de los dirigentes españoles, para obtener un Estatut más moderno, que quería conseguir el reconocimiento y el acomodo de la personalidad catalana en el seno del Estado español. Todo ha sido en gran medida inútil, por el «cepillado» (recorte del contenido) que se llevó a cabo en el Congreso de los Diputados y por la ofensiva (para muchos) sentencia del Tribunal Constitucional del 27 de junio de 2010, que provocó la que sería la manifestación más grande de la historia de Cataluña, hasta aquel momento. El incumplimiento de distintas disposiciones de ese Estatut recortado, por parte del Estado, así como la desaparición de las competencias exclusivas de las comunidades autónomas y una política recentralizadora en muchos ámbitos, aumentan la sensación de frustración.
  • Sectores importantes de la sociedad española también han dedicado grandes energías en contra de la voluntad expresa de los catalanes, por ejemplo, recogiendo millones de firmas en contra de un Estatut que aún tenía que tramitarse en las Cortes españolas. Actualmente gastan ríos de tinta para hacernos creer que se están produciendo «fracturas sociales» a causa de un tema que, por primera vez en la historia contemporánea, vuelve a ser motivo de debates, formales e informales, en todos los rincones de nuestro país. Las únicas «fracturas» detectables han sido algunas acciones violentas realizadas por grupos ultranacionalistas españoles, que queremos creer que son incontrolados. La sociedad catalana es madura y democrática, mal les pese a algunos.
  • Ahora mismo, y a pesar de una depresión económica sin precedentes en la historia contemporánea, hay en Cataluña miles y miles de profesionales especialistas diseñando desde cero lo que será nuestro nuevo Estado. En el seno del Consejo Asesor para la Transición Nacional, de Òmnium Cultural, de la Assemblea Nacional Catalana, esta energía, voluntaria, sin contraprestaciones, es fruto de la misma energía que reunió en el centro de Barcelona, el 11 de septiembre de 2012, una manifestación, en esta ocasión nítidamente a favor de la independencia, aún mayor que la anterior (la de 2010). Es la misma energía que agrupó a más de un millón y medio de catalanes, de distintos orígenes, a lo largo de los 400 kilómetros de la Vía Catalana, el 11 de septiembre de 2013, igualmente a favor de la vía democrática hacia la independencia. No son energías inútiles: el pueblo catalán –al que todos los regímenes se han encargado de recordar las múltiples derrotas que ha sufrido a lo largo de la historia– ha recuperado, finalmente, su autoestima.

3. La vocación europeísta de Cataluña
  • Pocos lugares muestran una tradición tan proeuropea como Cataluña. Existen diferentes elementos que podrían haber justificado una posición refractaria de nuestro país en relación con Europa. En efecto, Inglaterra abandonó Cataluña a su suerte con el Tratado de Utrecht (1713), incumpliendo el Pacto de Génova de 1705. Todavía se recuerdan los estragos patrimoniales causados por las tropas francesas al cabo de un siglo, durante la guerra napoleónica. Y aún, un siglo más tarde, la política de «no intervención» de los aliados durante la guerra española de 1936-1939 (no respetada por los regímenes totalitarios de entonces), que durante la posguerra hizo posible una dictadura larga y cruel, que heredó la vieja aspiración de asimilar Cataluña a la nación castellana. Pocos años antes, el filósofo español José Ortega y Gasset había afirmado con contundencia que «España es una cosa hecha por Castilla, y hay razones para ir sospechando que, en general, solo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral». Ese espíritu asimilacionista, por desgracia, aún perdura.
  • Como también persiste la exclusión de los catalanes de los primeros puestos de mando militar y civil. Para encontrar un presidente catalán del gobierno español tenemos que echar la vista atrás 141 años (el federalista Francesc Pi i Margall), a diferencia de la activa participación de quebequeses y escoceses, por ejemplo, como primeros ministros canadienses o británicos.
  • Por ello, quizá, y a pesar de lo que podría parecer, los catalanes siempre hemos mirado a Europa –comenzando por Perpiñán y, un poco más allá, París– como marco más natural para nuestro libre desarrollo. Se alistaron miles de voluntarios catalanes para combatir al lado de los aliados en las dos guerras mundiales, y siempre hemos sido mayoritariamente partidarios de la Unión Europea y del proceso de integración europea. Al menos hasta el presente. 
4. Los principios de la Unión Europea
  • Los catalanes sabemos muy bien que solo en épocas de libertad democrática nuestro pueblo ha sido respetado, aunque fuera de forma parcial. Por tanto, compartimos plenamente los valores que sustenta la Unión Europea y celebramos como el que más el larguísimo período de paz que ha permitido –salvo lamentables conflictos locales– compartir un proyecto de progreso basado en el respeto y la colaboración mutuos.
  • El pragmatismo histórico de los catalanes reconoce sin reservas el valor de la integración y la cooperación, para hacer frente a los desafíos de una economía mundializada. Asimismo, muchos deseamos participar activamente en las grandes decisiones del continente, queremos poder aportar nuestro grano de arena a los procesos de toma de decisiones, decisiones que se toman en mesas de Consejos donde no tenemos sitio, y en un Parlamento donde no tenemos representación, al no ser ni siquiera una circunscripción europea.
  • A muchos catalanes nos escandaliza el uso instrumental que se hace de la Unión Europea, como amenaza si nuestro pueblo vota y decide, pacífica y democráticamente, incorporarse a la comunidad internacional como un Estado más. Nos indigna que se dé por segura una decisión –la expulsión «inmediata» de Cataluña de la Unión Europea– que no está estipulada en ningún punto de los Tratados. Nos negamos a creer que pueda interesar a la Unión hacer caso a aquellos que, con el desprecio propio del colonizador (como pudo comprobar usted misma, señora Reding, durante la sesión, por parte de la persona que «fue a controlarla»), defienden que se deje a un lado –en esta ocasión– el pragmatismo que ha caracterizado la integración europea hasta hoy.
  • Y también preocupa a muchos catalanes la total impunidad con que, desde determinados (pero numerosos) medios de comunicación, no todos ellos privados, y desde tribunas políticas diversas, se nos tacha de insolidarios e incluso de nazis. Y las apelaciones a la Comisión Europea y al Parlamento Europeo no han tenido, hasta el momento, ningún efecto para reducir esas constantes acusaciones, que son vejatorias, injustas e indignas.

5. La aspiración de los catalanes
  • En un entorno mundializado, muchos catalanes creen firmemente que solo disponiendo de las herramientas propias de un Estado podremos continuar generando riqueza, creando puestos de trabajo para nuestros hijos y profundizando en el bienestar y la felicidad de nuestro pueblo. A menudo se ha dicho que no es que Cataluña no tenga un Estado propio, sino que tiene un Estado en su contra; y solamente porque nuestro proyecto es de futuro, de aspiración, dejamos de mencionar las múltiples pruebas de esta afirmación.
  • Durante más de un siglo y medio, Cataluña ha querido modernizar y federalizar España. El fracaso del movimiento federalista se ha debido, en distintas ocasiones, a la ausencia de interlocutores en el resto del Estado; y los pueblos solo pueden federarse mediante acuerdos entre iguales. Pero es del todo evidente que España continúa siendo un país de funcionarios, con una cultura económica especuladora, con un sistema judicial a menudo mediatizado por otros poderes, siempre lento y poco eficaz, con una casta dominante secular que ha sabido siempre adaptarse al régimen de turno, y que ha velado por sus propios intereses y los de sus amistades, como se puede comprobar echando un vistazo a los casos de corrupción abiertos actualmente.
  • En este contexto, «Es catalán quien vive y trabaja en Cataluña y desea serlo» y «Somos una nación» han sido consignas políticas y cívicas desde hace muchos años, como reacción y afirmación del pueblo catalán de su voluntad de existir. Es más: en varias ocasiones, en 1989, 1998 y 2010, el Parlament de Cataluña ha manifestado que no renuncia al derecho a la autodeterminación. Por voluntad claramente mayoritaria, ha llegado el momento de ejercer este derecho. Incluso personas sensatas y respetadas que han ejercido altas responsabilidades políticas en Cataluña afirman que el país se encuentra frente a una disyuntiva histórica: la independencia o la asimilación definitiva. Y optan abiertamente por la supervivencia, la independencia.
  • El día que Cataluña proclame su emancipación política, en el marco de un mundo caracterizado por la interdependencia, no querrá romper los siglos de lazos de carácter familiar y de todo tipo con el resto de la península. La independencia no será un gesto en contra de ninguno de los pueblos de España. Será para poder decidir, como cualquier Estado, todas las cuestiones que afectan al pueblo catalán y que no pacte libremente ceder a instancias internacionales, como, por ejemplo, a la Unión Europea.
  • No seremos nosotros los que, con la independencia, queramos levantar fronteras o crear aranceles. Todo lo contrario, esperamos que nuestra soberanía nos permita colaborar con más intensidad, sobre todo con nuestros vecinos hermanos de lengua y cultura. Deseamos que nuestras vías de comunicación transeuropeas sean aprovechadas en beneficio de todos.
  • No queremos imponer la nacionalidad a nadie. Los catalanes no queremos que ningún ciudadano se vea privado de su nacionalidad española en contra de su voluntad. La historia nos ha enseñado en multitud de ocasiones que las imposiciones acaban volviéndose en contra de quien las promueve. Deseamos construir una sociedad tolerante, abierta, donde el bienestar de todos los ciudadanos sea un objetivo primordial. Los que se oponen a nuestra emancipación basan buena parte de su argumentación a favor de la continuidad de Cataluña dentro de España en cuestiones sentimentales e identitarias, muy respetables y legítimas, pero que no sirven para resolver ninguno de los problemas que tiene y tendrá en el futuro la sociedad catalana.

6. La falta crónica de confianza
  • Oímos voces –usted lo sabe bien, señora Comisaria– que piden que nuestros problemas se resuelvan mediante el diálogo y la negociación. Es lógico y normal. Pero una negociación (como ya hemos dicho) requiere la voluntad de ambas partes. ¿Nos queda aún a los catalanes algo de esa voluntad? Las «líneas rojas» que el Estado español ha rebasado en tantas ocasiones en los últimos años (llevando, por primera vez en la historia, un Estatut de Autonomía aprobado en referéndum –aunque previamente rebajado– al Tribunal Constitucional; haciendo lo mismo, también por primera vez, con una Declaración de nuestro Parlament; invadiendo competencias de nuestro Parlament con total desprecio; y tantas promesas estatales incumplidas) explican por qué buena parte de la población de Cataluña ha llegado al punto de no retorno. Ni siquiera que el Estado nos prometiera una «tercera vía» sería creíble para la mayoría, a causa de una desconfianza basada en un cúmulo de hechos incontrovertibles. A la vista de todos está que, en los casi dieciocho meses que han pasado desde la gran manifestación del 11 de septiembre de 2012, España no ha dado ni un solo paso, no ha hecho ni el más mínimo gesto, que no haya sido de atrincheramiento obcecado en contra de las pretensiones catalanas. Todo lo contrario, la recentralización avanza cada vez a mayor velocidad.
  • Y aún hay más: todas las encuestas en España indican que si –en respuesta a algunas voces catalanas que todavía verían una salida al conflicto– se procediera a una reforma de la Constitución española, lo más probable sería que la reforma recentralizara el Estado y quitara competencias actualmente en manos, nominalmente, de Cataluña y demás comunidades autónomas. Creemos firmemente que solo la independencia de nuestro país nos ofrece la posibilidad de seguir existiendo como pueblo y de hacerlo con éxito.

7. En conclusión
  • Por todo ello, las personas que se relacionan más abajo, y que asistimos al debate antes mencionado, hacemos un llamamiento a la Unión Europea y a la comunidad internacional en su conjunto, para que velen por el cumplimiento efectivo de lo que los siete millones de europeos que vivimos y convivimos en Cataluña hemos solicitado a nuestros representantes políticos: poder decidir libre y democráticamente, y sin más amenazas apocalípticas ni dilaciones –y como han hecho cientos de pueblos del mundo antes que nosotros–, nuestro futuro como pueblo y recuperar nuestra independencia.

Suscriben este documento los siguientes asistentes al debate:
  • Anna Balcells
  • Lluís Bonet i Coll
  • Muriel Casals
  • Àngels Folch
  • Ricard Gené
  • Elena Jiménez
  • Miquel López
  • Isabel-Helena Martí
  • Sergi Mir
  • Carme Miralda
  • Ricard Olivella
  • Xavier Olivella
  • Xesca Oliver
  • Albert Poblet
  • Conxa Puig
  • Robert Sabata
  • Joan Sanchez
  • Simona Skrabec
  • Miquel Strubell
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Otras versiones:
Original (catalán): http://estudiscatalans.blogspot.com/2014/02/pedrera.html 
Français: http://estudiscatalans.blogspot.com/2014/03/appel.html
English: http://estudiscatalans.blogspot.com/2014/03/la-pedrera-declaration.html
Deutsch: http://estudiscatalans.blogspot.com/2014/03/erklarung.html

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